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Comida descendientes De Molina-Faura PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 08 de Marzo de 2010 19:40



Si algo bueno tiene la vida –sobre todo a estas alturas- es la capacidad para volver a nuestras raíces, como respuesta a este mundo sin certezas que nos ha tocado vivir.

Dos o tres circunstancias no tienen trastocados, empezando por el fenómeno de la globalización que  ha dislocado la noción clásica de espacio-tiempo en el que se apoyaban tradicionalmente las relaciones humanas. La sociedad voluble, en la que los valores no perduran el tiempo necesario para solidificarse y, por tanto, no sirve de marco de referencia para generar valores permanentes, hace que vivamos en continua inseguridad e incertidumbre. Por otro lado, los cambios tecnológicos fomentan la deshumanización, ya que separa a los seres humanos de la naturaleza y la tradición, subordinando la rica variedad de la experiencia humana a los cálculos del racionalismo instrumental (Jacques Ellul), lo que nos lleva a lo rápido y fácil -el consumismo-, única solución que parece vislumbrarse en el horizonte. Por último, las rupturas generacionales son más que evidentes.

Ante esta situación –y perdonadme el anterior exordio un tanto académico- lo que nos resta es preguntarnos a dónde vamos con este desarraigo, no sólo en nuestro interior (desorientado ante la avalancha de  informaciones externas contradictorias y vacías), sino en nuestro entorno doméstico y familiar y, más allá, en las pequeñas comunidades a las que pertenecemos. No se contestar con un mínimo de garantía, pero de lo que sí estoy seguro es que los contactos familiares –por muy esporádicos y breves que sean- sirven para rescatar algo de nuestra mismidad. Algo que nos une más allá de las distancias del espacio o del tiempo que nos envuelven. 

Por ello, bien venidos sean estos –y otros-  encuentros familiares, cuyas raíces comunes –nuestros antepasados, nuestro pueblo- nos hacen detenernos un instante, recordar momentos y espacios de afinidad, reponer fuerzas y pensar con esperanza en lo que nos deparará la vida, que, de seguro, hemos de vivir con alegría. Por lo menos, hasta el año que viene, si Dios lo quiere.


Estuvimos veintitrés personas, nueve matrimonios y cinco mujeres más (mi prima Francisquita, Paquí sin Rafael que está un poco pachucho, mis cuñadas Maria Josefa y Nieves y la prima Margot). De los primos, sólo faltaron, además de Rafael y de los fallecidos (Quiqui, Teodorito y los dos Antonio), Esperanza, Paqui, Maria Luisa, Francisca en su Chile y Jesús. Y, por supuesto, toda nuestra prole que espero que –desde otros ámbitos de cercanía-  mantengan esta costumbre y, con ello, la esencia familiar.

Incluyo en el texto un foto que me ha mandado Teo de los tres hermanos varones asistentes y, si os apetece, podéis solazaros con las fotos incluidas en el álbum