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10-09-2010
10-09-2010
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| Esperanza en tiempos de crisis |
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| Escrito por Salvador |
| Lunes, 01 de Marzo de 2010 00:27 |
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Sobrevolando este corral de comedias en el que nos mantenemos –muy a nuestro pesar pero también con nuestra anuencia- y en donde nos es dado contemplar desde dramáticos retos hasta grotescas trifulcas diarias, podemos constatar, en una visión somera de nuestra situación, la multitud de personas que van quedando sin empleo y las suplicantes peticiones de los parados, muchas veces en la indigencia. Pero lo peor del espectáculo –no me canso de reiterarlo, con perdón de mis lectores- es la soporífera complacencia con que lo miramos desde nuestra pequeña o gran butaca. A propósito de ello, pensaba para mis adentros que, en tiempos de tribulación, algo podría decirnos el espacio cuaresmal recién iniciado, en el que la sobriedad y la mesura hacen acto de presencia. Estos días –como me ha recordado el pasaje dominical del desierto- se nos presentan como tiempo de reflexión, de serenar el ánimo y de preparar el cuerpo para la escasez y, con estas perspectivas, acercarnos de alguna manera a la comprensión de esas situaciones de penuria, con frecuencia dolorosamente vividas, a que nos llevan los espacios del desempleo y del paro. Los bienes materiales son útiles y necesarios para todos nosotros y su insuficiencia por la explosión demográfica que se nos avecina es profunda, por ello es verdaderamente condenable la indiferencia que provoca el desarraigo que estas situaciones provoca y que inexorablemente llevará –permítaseme la expresión- a la muerte social de los afectados. Estos contextos no tienen solo raíces externas, sino que su origen se encuentra en el corazón humano, ya que el hombre, abierto por naturaleza al compartir, se ve frenado por una fuerza de gravedad extraña que le lleva a replegarse en si mismo lo que desemboca en el egoísmo, a través del cual se sustituye la lógica del confiar amoroso por la de la sospecha y la competición. Ante ello, debemos pensar que la justicia para con el prójimo se impone, lo que se traduce en la equidad para con él, en especial con el pobre, le forastero, el huérfano y la viuda, como pone de relieve el Deuteronomio. Por cierto, recordado –según algunos- de forma un tanto ilegítima en Boston y con anterioridad y en paralelo –de forma feliz, según me parece- en el “Mensaje de Benedicto XVI para la cuaresma de 2010”, lo que hace que éste último se pregunte si existe esperanza de justicia para el hombre, cuando estamos contemplando la autosuficiencia de la mayoría poderosa, el profundo estado de cerrazón origen de tanta injusticia. El Año Europeo de lucha contra la pobreza y la exclusión social, pretende ser una respuesta esperanzada, pues a través de su conmemoración, Europa quiere levantar banderas de justicia y solidaridad, en respuesta liberadora que arranca este año, cuando España preside la UE. Es dolorosa la situación nacional de crisis y horrible el fantasma del desempleo y la lacra que nos atenaza con el paro. Pero debemos confiar en que todo ello se superará. Bienvenida, por ello, la iniciativa solidaria del Año Europeo, si al menos nos sensibiliza para que esta inquietud se traduzca en protección y servicios sociales, empleo, vivienda, acogida a la inmigración…, al tiempo que haga posible la participación de Organizaciones como Cruz Roja o Caritas en fructífera cooperación en pro de la justicia. Es esta ocasión, un buen signo de los tiempos, para que todos los que tienen sed y hambre de justicia contemplen con confianza el futuro y –lo que es más decisivo- para que todos nos sintamos enviados para dar buenas noticias a los afligidos de este mundo. Ya lo denunciaba Luter King, quien decía que lo más grave del siglo XX no eran las felonías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas. La pasividad y la indiferencia serían asesinas como aquellas palabras de Caín –que no dejan de resonar en nuestros oídos- “¿soy yo acaso guardián de mi hermano?” La respuesta afirmativa permitiría salir de la autosuficiencia, sustituida por la certeza de que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita del otro, aunque unos lo percibamos en el sentido humano y otros demos un paso más y confiemos en el trascendente. “El hombre que pretende la justicia –termina diciéndonos el Mensaje del Papa Benedicto- en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar”. En definitiva, es precisa la esperanza en tiempos de crisis. Hemos de contemplar el horizonte en que finaliza nuestra visión de la realidad y que se nos antoja muy lejano, gris y difuminado, y, con nuestro esfuerzo, tornarlo en un horizonte de arreboles, presagio de bonanzas y exento de brumas, pese a los obligados celajes de la vida. Y porque somos, precisamente, hombres de nuestro tiempo, el pan de cada día -los bienes superfluos, retenidos insolidaria e injustamente- ha de compartirse para que no se corrompa en la propia faltriquera. SALVADOR MARTÍN DE MOLINA |










