TOROS EN GAUCIN
Si el toro es interesante, más lo es la geografía humana
que lo envuelve. Por ello, con independencia de la información gráfica sobre el
toro y sus carreras por algunas de la calles de Gaucín, y que otras páginas que
se interesan por nuestras cosas recogen
(por ejemplo, la mayoría de las fotografías que hice al toro se las facilité a
Gaucín.tv), me voy a detener en otros aspectos de nuestro festejo.

EN LA VISPERA
Recuerdo que, en tiempos pasados, el toro venía con más
silencios que los actuales. Éramos convocados a la Misa de Gloria por las carrascas
que hacían escuchar los monaguillos en aquellos espacios y horas de
recogimiento. Sólo las campanas al vuelo, una vez que se cantaba el Gloria, nos
anunciaban la próxima estampida del toro, cuyo cajón esperaba en la puerta de
la Iglesia la salida alborozada de los fieles, que eran casi la totalidad de
los habitantes del pueblo.
En estos tiempos, el toro se hace presente dias antes de
sus correrías por las calles del pueblo. Para muchos, es obligado desplazarse a
los pueblos blancos gaditanos, donde, no sólo el Alcalde, sino su séquito de
aficionados, enterados en la materia y simples vecinos, son los encargados de
comprar la res más brava y de mejor
presencia. En mis tiempos mozos, recuerdo haber formado parte de esta comitiva
–menos numerosa que la actual- y cómo, después de reconocer a las distintas reses
de la ganadería, comíamos y bebíamos antes de volver alborozados al pueblo,
donde explicábamos a los que no habían ido las peculiaridades del ganado.
De todas formas, para aquellos que no vivimos en el
pueblo, estos prolegómenos no se nos permiten y, al llegar al pueblo ya entrada

Otra novedad de estos tiempos, son los desplazamientos para recoger los toros, que luego llegan en la noche del sábado en su camión, acompañados, calculo, por más de cien vehículos, llenos de mayores, jóvenes y niños, con banderas y gallardetes, y un ensordecedor ruido de bocinas y voces enardecidas.


De todas formas, una ventaja adicional que tiene nuestra
fiesta es la necesidad de retirar toda clase de vehículos de nuestras calles.

Y es una alegría, salir de tu casa por la mañana y,
después de vislumbrar a lo lejos el Peñón de Gibraltar (aunque sea tras las feas
antenas de nuestros días), ver cómo las calles están tan solitarias como en
nuestra niñez, si bien es verdad que asfaltadas y sin los bosques de piedras y
hierbecillas que las adornaban.

Pero todavía te
quedan las chimeneas,

las azoteas con
sus blancas ropas

Y los hombres que
esperan en el Puerto del Pan a que empiece el festejo

EL PRIMER TORO
Pero, no nos entretengamos que nos pilla el primer toro,
el de la mañana.
Sin embargo, en la esquina de Matías, García, el gitano,
espera mientras fuma en su balcón, solitario y meditabundo, sin mas prisas que
las necesarias.

Mientras, las calles y sus embarrás se llenan de mozos y mozas, al tiempo que los mas tranquilos y los mayores, se asoman a balcones, terrazas y azoteas, que aparecen a rebosar.

Pero llega el morlaco y se arma la revolución, hasta el
punto de que, después de bufar, mirar y remirar a los que se encuentra en el
rellano del Pajuelo, se abalanza hacia los mirones, que saltan despavoridos por
encima de la baranda y, en último termino, los embiste y arrincona, cornea los
barrotes, los arranca y cae con todos los aficionados a la cuesta que baja a

Ya pasó todo, y el
“¡que miró!” queda aparcado para la tarde, mientras las peñas, las
parejas o los despistados solitarios van en busca del descanso.

UN ASUETO
Con el Hacho por montera, la gente se da una vuelta por
la Plaza de la Fuente, que ha sido remodelada recientemente y en donde se
ubican nuevos establecimientos hosteleros.

Zagalas con el guapo subido,

mozos en busca de pareja,

cuadrillas en animada charla,

forasteros que nos visitan

y la fuente milenaria por testigo

POR LA TARDE
Ya la gente, incluido Miguel, está más tranquila, como
echando la siesta en las esquinas.

A la espera de una nueva entrega de carreras y sustos

Y el nuevo toro, también despitonado, pero esta vez claro,
corre tras los mozos de la cuerda, seguido durante el recorrido oficial por los
menos arriesgados, a la vez que hace subir a las ventanas, portalones y
balconadas a los que han aguantado hasta última hora.


Ronronea el morlaco, con querencia por la Tenería, su
vuelve y revuelve, empitona a más de uno, entre sustos, algarabía y suspiros,
intenta llevarse por delante la cabina de teléfonos, hasta que se cansa y
regresa por la calle del Convento a su chiquero móvil, para ser sacrificado.

Todo ha terminado. Los mozos, después de una jornada,
precisamente de ocho horas como si de una laboral se tratara, dejan la
adrenalina por las esquinas, marchan nostálgicos de lo que pudo ser y no fue,
incluso de lo que realmente han vivido en el duro asfalto -donde el toro ha ido
dejando sus huellas de sangre- corriendo delante, junto y, las más de las
veces, detrás del bicho.
Ahora irán a los lugares de su procedencia, alardeando de su arrojo ante el cornúpeta que los ha encajonado en los huecos de la rejería decimonónica, mentirán como bellacos o como simples “cazaores” exponiendo sus peripecias, las piezas cazadas y cuanto su imaginación dé de sí.

Y mi pueblo
se queda triste, triste y lloroso,
como un
Fonseca sin lluvia,
mientras
marcea un sanfermín
.
Pobre de él,
pobre de mí
ya se acabó
la fiesta
de mi Gaucín.